Todas las tardes un avión sobrevuela el autobús de la que vuelvo a casa. Y yo vuelo con él. Esta tarde me tumbé a mirar el cielo con un libro, y parece que he tenido que cambiar de vida y de calles para aprender a valorar esos pequeños instantes de felicidad. Ahora que llego a casa y hay vida, y me levanto antes de qué salga el sol y voy bailando observando las calles, ahora que todo cuesta menos. Que sonrío a todas horas y los ojos me brillan. Ayer escribi:" Hemos dado tantas vueltas que nos hemos perdido en algún momento del camino. No se qué seremos, no se si las heridas se curan con mar, si estamos muertos. Intento matar la incertidumbre con palabras y atardeceres y esta ciudad tan pronto te mata como te devuelve la vida. No se. Ahora sólo pienso en trenes y huidas y busco ese instante de lucidez en el que destruya todo y me arranque las heridas". He vuelto un par de veces a la librería de aquella vez, los libros siguen llenos de polvo, y yo sigo teniendo las mismas ganas de comerme el mundo. No estabas. Solo estaban mis manos y mis ojos cansados buscando alguna palabra que me salve. Y lo hicieron. Y al volver a casa el avión sobrevolaba los tejados, el gato de la vecina se estiraba en la ventana, y en esa aparente calma revoloteaba la felicidad. Los pequeños instantes.
Aprendes, a levantarte cada mañana y mirarte al espejo,
como el que ve unos ojos que no reconoce,
y aún así sonríe.
Las calles están llenas de desconocidos que buscan algo,
y tú te empeñas en ser como ellos y les sigues, pides
un café, te sientas a ver pasar la vida.
Conoces algún museo, y das vueltas intentando quedarte a vivir
en algún cuadro y que alguien quiera observarte al menos durante
un minuto, queriendo quedarse a vivir contigo.
Y los jardines están llenos de flores y la primavera florece
en esta soledad llena de vida y de ruido, y no hay mucho qué hacer
al llegar a casa.
Memorizar las paredes, el ruido, la furia, aprender
a vivir solo con estas manos.
Te imaginaste tantas veces cogiendo trenes con una libreta en las
manos y las ganas intactas.
Soñaste tantas veces con ser esa desconocida, y
ahora lo eres, y buscas poesía en librerías de segunda mano y sueñas con
que alguien llegue y te arrebate esa tristeza de golpe.
Te olvidas de quien eres en los pasillos de los supermercados y te sientas
en cualquier banco de la calle más preciosa de la ciudad, buscando otros
ojos que quieran mirarte, que quieran quedarse a vivir en ti al menos un minuto.
Y vuelves a casa con los ojos llenos de lluvia, porque en esta ciudad llueve mucho,
pero siempre por dentro.
Te sientas enfrente del lago del parque más grande del mundo y te conviertes en Anna
esperando la casualidad más grande de su vida. La que te haga girar.
Y buscas el momento de coger un tren mágico a París solamente para desayunar en Montmartre
y arrojar la tristeza desde lo más alto de la ciudad.
Dijiste, quiero dar la vuelta al mundo pero sin ti. Y ahora estoy dando la vuelta
al mundo alrededor de mi misma.
(Recuerdo cuando los días cualquiera ibamos a perdernos entre literatura y observaba
como te acercabas y cogías libros, y en tus manos florecían las historias y las
palabras salían a abrazarnos. Y escribías en los márgenes Clementine, con algún
corazón desgarbado al lado. Ahora soy Clementine perdiendo trenes y Montauk está
tan lejos que no recuerdo como llegar. El Big Ben está apagado justo antes del amanecer,
al igual que mi corazón).
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