Nostalgia pura, esa que te agarra las entrañas y te impide respirar. Cuándo recordar duele tanto que es mejor perderse entre el ruído de la calle. Escapar entre las bocinas de los coches, el asfalto y su calor, el olor a humo, la humedad del mar y el horrible bochorno. Desvanecerme entre este aire que me ahoga, escapar de la agonía. Como esas fotos en blanco y negro de niños que no sonríen, de vestidos que han perdido la magia, de noches azules que se han vuelto grises. Recuerdo cuándo todo era tan fácil, sólo tenías que despertarte sonriendo y no hacía falta nada más. Después de arrasarlo todo como un incendio sin control sólo quedan hierbajos dolorosos en el jardín de los sueños. Gente que ha perdido el norte y hasta el motivo por el que despertar. Un "ayuda, por favor" escondiéndose entre las personas que ignoran al pobre mendigo. Las vueltas que da la vida, la noria infernal que termina dejándote en el suelo odiando la vida. Es cómo si hubieras subido a un tobogán creyendo que al bajar te embargaría una sensación de felicidad y antes de llegar al final se te rompe el vestido y sangras más que en toda tu vida. Heridas en las rodillas y en los sueños. El mundo se está volviendo loco y hay gente que amenaza con suicidarse si todo sigue a este ritmo frenético. Cuándo todo pierde sentido me esfuerzo en buscar señales en paredes, autopistas, libros, películas, y termino encontrandome a mí misma, estupida, amarga, gris. Jodidamente sola, imaginando vidas en los cuadros del salón. Escuchando la misma canción una y otra vez con la ilusión de que vengas, me beses, y te quedes a mi lado. Lo que no sabía Clem es que una vez que arrasas con todo lo que encuentras a tu paso ya no te queda nada que coger, nada. Y sólo te queda llenarlo todo de nuevo de momentos, sueños, recuerdos, o un buen día no tendrás nada enfrente de tus narices.
Desvaríos, más que nunca.
Nostalgia pura, esa que te agarra las entrañas y te impide respirar. Cuándo recordar duele tanto que es mejor perderse entre el ruído de la calle. Escapar entre las bocinas de los coches, el asfalto y su calor, el olor a humo, la humedad del mar y el horrible bochorno. Desvanecerme entre este aire que me ahoga, escapar de la agonía. Como esas fotos en blanco y negro de niños que no sonríen, de vestidos que han perdido la magia, de noches azules que se han vuelto grises. Recuerdo cuándo todo era tan fácil, sólo tenías que despertarte sonriendo y no hacía falta nada más. Después de arrasarlo todo como un incendio sin control sólo quedan hierbajos dolorosos en el jardín de los sueños. Gente que ha perdido el norte y hasta el motivo por el que despertar. Un "ayuda, por favor" escondiéndose entre las personas que ignoran al pobre mendigo. Las vueltas que da la vida, la noria infernal que termina dejándote en el suelo odiando la vida. Es cómo si hubieras subido a un tobogán creyendo que al bajar te embargaría una sensación de felicidad y antes de llegar al final se te rompe el vestido y sangras más que en toda tu vida. Heridas en las rodillas y en los sueños. El mundo se está volviendo loco y hay gente que amenaza con suicidarse si todo sigue a este ritmo frenético. Cuándo todo pierde sentido me esfuerzo en buscar señales en paredes, autopistas, libros, películas, y termino encontrandome a mí misma, estupida, amarga, gris. Jodidamente sola, imaginando vidas en los cuadros del salón. Escuchando la misma canción una y otra vez con la ilusión de que vengas, me beses, y te quedes a mi lado. Lo que no sabía Clem es que una vez que arrasas con todo lo que encuentras a tu paso ya no te queda nada que coger, nada. Y sólo te queda llenarlo todo de nuevo de momentos, sueños, recuerdos, o un buen día no tendrás nada enfrente de tus narices.
Feliz cumpleaños Joel.

Había una vez un chico increíble, con los ojos color Coca cola y la frente llena de sueños.Era experto en sonreir y en convertir los momentos en increíbles. Nunca planeaba nada,
tan sólo se dejaba llevar por los impulsos del corazón, que por cierto, era el más puro que había visto hasta ese momento. Lo que más le gustaba hacer los domingos era correr por las calles, escapando del tiempo. Los lunes bajaba a la playa con su libro favorito y se perdía entre vidas ajenas entre salitre y arena. Le encantaba dormir en las camas de Ikea y ver como la gente se asustaba al pasar. Era un loco, un loco que adoraba vivir desde el primer segundo de la mañana hasta el último de la noche. Compañero de aventuras, de conocer habitaciones ajenas y colonizar mundos. En Italia me confesó que adoraba el Café Latte y nos hicimos íntimos amigos del té al limón. Compartimos días, noches, los mejores abrazos en los mejores lugares. Me encantaba su aspecto desaliñado y sus camisas de cuadros, sus vaqueros rotos por los que se colaban los mejores momentos del día. Me encantaban sus ojos mirándome escuchando cada una de las historias que tenía que contarle. Me regaló los mejores momentos de mi vida, los más mágicos, pasábamos los días entre matrículas de coche capicúas y cámaras de fotos de plástico que retrataban los besos más tiernos. Escapándonos de la rutina. Tengo que decir que sus mejores besos siempre eran entre agua de mar, mientras me enseñaba a nadar por si algún día tenía que escapar de las sirenas o de los tiburones. Había una vez un chico que tenía magia en las manos y en la mirada, un tal Joel que hacía a Clementine la más feliz del mundo.
Feliz cumpleaños Joel. Sólo tengo ganas de crear nuevos recuerdos a tu lado. Conquistar todos
los mundos. Besarte todos los días de mi vida.
Te quiero para siempre.
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