"No hay premio en la meta: esta es tu vida."


Te asomabas a la terraza después de cada polvo y de que él cerrara la puerta. Dejándolo todo en silencio. Perdías la mirada en la ciudad y dejabas que el frío te erizara la piel. Jazz de fondo, bajito. Estabas semidesnuda, aún no te habías vestido y la casa estaba a oscuras. Era como si hubieras estado en el cielo y ahora te dieras cuenta de que no existía. Sólo había una ciudad latiendo lejos de vosotros, erais parte de la lluvia que estaba cayendo. Sacabas la mano acercándola a la lluvia. Dejabas que las gotas dibujaran en tus manos círculos. Oyendo susurros en el viento: “Hoy estabas preciosa.” Era una soledad que no dolía, era un exquisito y necesario renacer. Escuchando el tráfico, los susurros del viento, con un frío que no helaba. Esta vez no. Ahí fuera la ciudad latía, soñaba, sentía y cada una de sus arterias sangraba instantes. Dentro no pasaba nada, el mundo estaba en pause. Como sentarse a ver como la lavadora da vueltas en una de esas lavanderías americanas, sabiendo que ese momento no te llena, pero te reconforta. Escuchando girar la vida. Despacito. Como el jazz de fondo, bajito. Y la ciudad que se va apagando. Ya es medianoche.

“Todo aquel tiempo fue como un largo sueño. 
La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no 
escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que,
por la noche, su herida, en apariencia cerrada, se abría bruscamente.
Y despertados por ella con un sobresalto, tanteaban con una especie
de distracción sus labios irritados, volviendo a encontrar en un relámpago 
su sufrimiento, súbitamente rejuvenecido, y, con él, el rostro acongojado de su amor. 
Por la mañana volvían a la plaga, esto es, a la rutina.”

"La peste" - Albert Camus

"Era de las que rompen los puentes con sólo cruzarlos."


Tiró las flores, y después el jarrón por la ventana. Así estaba mucho mejor. Estaba redecorando su vida, y esa era la manera más eficaz de empezar de nuevo. Sin flores, sin adornos. Después de romper con todo salió de su casa dando un portazo. Corrió, corrió con su abrigo rojo hasta que se le incendiaron las suelas de los zapatos. Hasta que llegó a un viejo café al que hace años iba en sus noches de insomnio. Allí, escribía y escribía hasta que el sueño aparecía disfrazado de poesía. Desde entonces, habían cambiado muchas cosas. Ya no se sentía sola. Pero esa noche volvió a sentir la impotencia de aquellos días. Las ganas de romper con todo. El vacío en el pecho, como si una cuchara enorme la estuviera vaciando. Habían vuelto los ojos tristes de sirena perdida en el asfalto. Las pesadillas recurrentes de los cuadros de personas sin ojos mirándola por las calles. Las lágrimas en las ventanillas de los autobuses y el invierno enfriándolo todo. En aquel viejo café, comenzó a escribir sobre aquel vacío, el insomnio, la incomprensión, las veces que había deseado desaparecer por sentirse una extranjera en su propia vida. Escribió de nuevo sobre la soledad y se acordó de aquellas mañanas azules en las que renacía. Recordaba coger un tren antes del amanecer, sentarse entre todos los pasajeros y dejar volar la imaginación. En poco menos de una hora, amanecía, y ella era testigo de ese sol enorme que lo llenaba todo de vida. Era su momento favorito del día. Siempre que lo veía aparecer, se decía a sí misma: Si algo tan grande sale todos los días, aún queda esperanza. Estaba despeinada, con ojeras, volvía a casa con los zapatos en la mano y los ojos llorosos. Perdida en aquella ciudad que cada día era menos suya y más del resto del mundo. Y de pronto vio aparecer al fondo una luz que poco a poco fue haciéndose cada vez más grande. Le dolían los ojos. Tenía frío. Pero de nuevo supo que había esperanza siempre que hubiera un nuevo amanecer. Le quedaban muchos soles y muchas lunas. Y en todos los casos, siempre le quedaría aquel viejo café al que ir a escribir cada vez que tuviera que matar la tristeza.


“En mi mirada lo he perdido todo.
Está tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.”

Alejandra Pizarnik