Juegatela un poco, valiente.

Ella sueña con despertar en otro tiempo y en otra ciudad

Había pensado en escribirte una carta de amor hablándote de todo lo que siento. Había pensado en sentarme en la última mesa de una cafetería abarrotada de gente y dejar mi mente fluir. O buscarte en los rostros de cada uno de los presentes. Abrirme en canal y sacar mi corazón y ponértelo en las manos. Para que veas que late, que si me miras más de dos segundos con esa mirada que tanto me gusta me derrito por dentro y termino siendo un mousse de limón. Luego pensé en contarte al oído como nos conocimos, la suerte, la casualidad y las noches de verano. Pero tu corazón era duro como una piedra, no sabía como ablandarlo. Al final terminé sentándome en un banco de la plaza, con un libro entre las manos, recordando las calles de París y nuestro amor. Quizá tú no lo veas y el cielo esté demasiado arriba. El fin del mundo no está a la vuelta de la esquina y hay que luchar con uñas y garras para llegar a él. La puerta tiene una contraseña secreta que sólo puedes adivinar si estás enamorado y los guardianes se enfadan mucho si lo intentan personas que no son de verdad. Supongo que sólo quería decirte que sigo siendo la de siempre, la de nunca, soy la misma persona que pisó la Luna, que puso la Tierra a tus pies, que se fue con lo puesto a la guerra de todas las guerras. Y si quieres saber cuando me sentí llena, te lo diré, en una cama cualquiera mirandonos a los ojos y sintiendo que me deshacia de felicidad. Entre tus brazos. Mirando tus ojos tristes. Y sin que importara nada más en el mundo. Si no lo recuerdas es que no tienes la llave para el fin del mundo. Recogeré mis sueños, mis manos, y volveré a aquella plaza a perderme entre las páginas de un viejo libro. A buscar respuestas para este mundo que cada día da más vueltas. Yo sólo quería que te emocionaras con mi voz y escuchando mis latidos..

"Las miradas se rompen. Los años son golpes.
Los días cara a la pared.
Me parecen tan cerca y tan lejos los buenos momentos.
Y aún así volvería a pasar por el mismo camino a
buscar esa piedra con la que quise tropezar.
Y si viene febrero temblaré de miedo: lo desconocido es brutal
pero es mucho peor saber que ya nada va a cambiar."
La habitación roja

París mon amour


Allí estabamos nosotros, muertos de frío, sentados en un embarcadero esperando un barco fantasma. Las luces de los barcos que pasaban se lanzaban al Sena y conseguían reflejos de todos los colores. Yo estaba sentada en tu regazo, tú me agarrabas por la cintura. El tiempo no existía. La Maga jugaba a soñar por todos los puentes de aquella ciudad en la que el frío y cumplir sueños era más real que nunca. Siempre con bufanda para cuidarse de los resfriados y siempre de tu mano por si el tiempo decidiera separarnos. Las cafeterías están llenas de soñadores que conocieron al amor de su vida en lo alto de la torre Eiffel, las calles nos saludan, preciosas y sonrientes. Enterramos en el cementerio de Montparnasse todo lo que llevábamos en la espalda y ahora volamos ligeros, eternos. Anochece en el embarcadero, las luces del cielo dejaban paso a las luces de las calles. La oscuridad nos envuelve y nuestros cuerpos buscan la calidez, alejados del frío viento. Aquel viento se llevó toda la tristeza y nos dejó las manos llenas de sueños pequeñitos, dispuestos a cumplirse. El Sena nos abrazó por un momento, en el que comprendimos que la vida estaba llena de momentos fugaces que nos hacían crecer un poco más por dentro. Olía a crepes, a sueños a medio hacer y la vida parecía tan bonita como dejarse llevar por aquellas calles. A las que volveremos, pronto. El metro nos llevó de nuevo a nuestro hogar, tras la cena, un té con limón y la certeza de que si cerramos los ojos podemos ser más felices que nadie.

" ¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico. .... referíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. "
Rayuela- Julio Cortazar

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