Hay días en los que te levantas feliz sin saber porqué, y encima descubres una canción que te hace volar, y soñar, como siempre, como nunca. Ese día es de puta madre. De repente, todo se vuelve de colores y lo único que importa es tu sonrisa. Te sonríes en el espejo, te sonríes por dentro. Los cuentos de repente tienen final feliz, o no importa porque el presente es lo mejor del mundo. ¿Sabes? Hoy conquistaré todos los mares y escribiré nuestro nombre pegadito en el fondo del mar. Quizá mi mirada se pierda en el horizonte para no volver jamás, y de la vuelta a mil cielos de tu mano sin moverme del sitio. Yo quería tener una casita al lado del mar y ahora tenemos mucho más. No importa el sitio. Sólo importa que nos cojamos de la mano y volemos, muy lejos, como esas gaviotas que nos saludan cada mañana desde los tejados. Si quieres damos la vuelta al mundo en 80 años, y no volvemos nunca. En un globo lleno de sueños dibujados con nuestas manos. O nos colgamos de una nube y no bajamos nunca, que más da. Que importa si estamos juntos, y los domingos son el mejor día de la semana. ¿Y si no nos despertamos nunca? ¿Y si no salimos nunca a la calle? Acércate, acércate y no me dejes escapar nunca. Me pierdo en tu espalda cada vez que me abrazas, me pierdo en tu cuello, repaso mentalmente cada centímetro de tu piel y lo memorizo. Por si algún día te escapas, por si no te apetece volar conmigo por el cielo. Iremos al faro de Villasimius en uno de nuestros vuelos, y correremos juntos por las escaleras hasta llegar a ver el mar. Soñaremos desde allí, y cogeremos el globo hacia otro lugar. Que bonito eres, y que bonita es la vida contigo. Supercoco volará con nosotros y será el guardia de nuestros sueños. Comeremos gominolas de osito de limón. Haremos tortitas con chocolate. Spaggettis con nuestra receta especial. Café Latte, el mejor del mundo. Pasearemos por todas las playas del mundo, que no son pocas, pero tenemos toda la vida y tantas ganas de ser felices.. Sueña, sueñame. Piérdete conmigo en los mejores abrazos del mundo, largos, eternos. Piérdete conmigo por calles grises pintándolas de colores, que no exista nunca más la rutina. No me importaría coger carrerilla toda mi vida para saltar y darte un abrazo. Cógete de mi mano, y no la sueltes. Tenemos un viaje interminable que hacer desde este momento. Nos vemos en el cielo y conquistando los mares.

Había tanta soledad..

En aquella cafetería que hacía esquina se respiraba demasiada soledad. Una mujer apuraba el último sorbo de café, mientras en su cabeza pasaba fugazmente aquel verano. El verano en el que sonrió tanto que le salieron hoyuelos en la comisura de la boca. Le gustaba tumbarse en la hamaca de aquella piscina con los ojos cerrados. Como si el sol fuera a llenarle de vida por dentro. Había visto unos atardeceres preciosos desde la casa de la playa. Era su ritual favorito. Cuando caía el sol y el cielo se iba oscureciendo, se acercaba a la playa entusiasmada. Sabía que no importaba su soledad, ni nada, en ese momento se sentía completa. Justo en ese instante pensaba en los atardeceres, y que diferentes eran los de ciudad. Odiaba que los edificios los escondieran. Estaba harta de ir en su busca entre el tráfico. Justo a su lado, un hombre de bigote tenía la mente en blanco. Había conseguido borrar de su cabeza cualquier pensamiento. Tenía el antídoto para los recuerdos. Era muy sencillo, se concentraba en sus manos mientras repasaba una a una, las pequeñas lineas de la piel. En eso estaba cuando la mujer le miró. Con su mirada de atardecer de sal sobre el mar. Con sal en sus ojos. Con la tristeza de un recuerdo feliz. El siguió concentrado en sus manos, olvidando, olvidando que un buen día cambió de ciudad por un presentimiento. Algo le dijo que debía escapar, y eso hizo. Con la mala suerte de que desde ese momento, todas las mañanas dejaron de tener sentido. Ya no llevaba maleta, ni quería conocer nuevos sitios. Caminaba preso del tiempo. Mirando a sus manos, olvidando. El post-it de su nevera lo decía bien claro: Estás aquí para ser feliz. Eso le había escrito la mujer que estaba a su lado. La mujer que de tan conocida se convirtió en desconocida. Con la que compartió atardeceres al lado del mar, amaneceres en una cama llena de pétalos. (O sin ellos, que no hacen falta). La que mejor sabía hacer café y la que desde ese preciso instante no lo haría nunca más. Había tanta soledad. Soledad que nacía de sus manos, y brotaba de su silencio. En aquellos atardeceres desdibujándose, los corazones escondidos entre las sábanas de aquel hotel desapareciendo para siempre. Había tanta soledad, en sus manos, en sus ojos. Sal recorriendo su rostro e inundando la ciudad. Había tanta soledad en aquella ciudad, los coches tocando el claxón, la carretera inundada por la lluvia, la nostalgia colgándose del tejado. Instalándose e inundándolo todo. Recorriendo todas las calles hasta llegar al mar. Contagiándolo de la nostalgia que sienten los enamorados cuando lo ven en soledad, y ya no consiguen ver a nadie al otro lado del mar.